Sentirse deseado o deseada

Según la RAE, el “deseo” se define por el “interés o apetencia que una persona tiene por conseguir la posesión o la realización de algo”. En términos de la sexualidad, modificaríamos el término en referencia de “un movimiento afectivo o impulso hacia un objeto de interés sexual, emocional o afectivo”. El deseo conforma la naturaleza humana, siendo uno de los principales motores de actuación de la conducta.

Las motivaciones que impulsan el deseo humano se antojan de lo más variopintas, incluso pudiendo generar y manifestar conductas patológicas o de malestar, por encontrar deseo en objetos que en un principio deberían suscitarlo. De ese tema ya hablaremos en otro post.

Ahora centrémonos en aquella fuerza que poderosamente impulsa y motiva de manera innata la actuación humana: el deseo sexual. El deseo suele ir acompañado de un abanico sentimental ya que, sin el acompañamiento de éste, carecería de energía y por tanto de iniciativa y actuación.  Las experiencias de cumplimiento estarían fundadas no sólo en las necesidades, sino en proyectos que consideramos y evaluamos como satisfactorios a nivel emocional a corto plazo ‒y, si se mantiene, a largo plazo‒.

Existen momentos y épocas personales en las que, especialmente, nos gusta sentirnos deseados. De hecho, hay quienes opinan que ser el objeto de deseo de alguien es incluso más excitante que la propia consecución de la conquista. Además de fortalecer nuestra autoestima y confianza personal, el sentirnos deseados puede estimular nuestra líbido y añadir un “plus” al juego sexual.

Cuando te sientes deseado o deseada, los complejos que puedan existir se relativizan. La seguridad y los sentimientos de protección por parte del otro, entonces, surgen automáticamente. Es confuso saber si lo que sentimos es el inicio de un principio de enamoramiento, o un simple impulso personal para tener sexo con la otra parte.

Resulta realmente adictivo y son excitantes las reacciones corporales que alguien puede provocar con sólo una mirada de deseo, con una sutil caricia o con un mensaje “subidito de tono”.  Se habla mucho de la importancia de contar con una sexualidad plena. Por tanto, mantener una actitud de exploración es sinónimo de canalizar la energía sexual con la que se cuenta para explorar nuevos alicientes satisfactorios. Cuando la persona se siente deseada, su propio deseo se ve estimulado y fortalecido por la acción de la otra persona, aunque en ese momento sea una “promesa” más que una realidad.

La imaginación es la herramienta más poderosa en el juego de la seducción. Con la seducción se trata de causar interés y transformarlo en deseo. Se intenta que, a través de la imaginación, se instale de manera permanente en nuestra mente el deseo por conocer más de la otra parte y generar una expectativa con el fin de beneficiarse mutuamente.

El objeto de deseo y a quién atraemos está relacionado con esquemas inconscientes ancestrales que guían nuestro comportamiento. El físico nada importa si hablamos de atracción. Tener un cuerpo escultural no garantiza el éxito de atracción. Al igual que, al recibir un regalo, lo más atractivo no es el envoltorio, sino la procedencia y lo que contiene, la seducción se basa en cualidades personales que hacen olvidar el aspecto físico de la persona, otorgándole a la mente el mayor poder de atracción.

En definitiva, si sientes que alguien actúa de imán contigo, o viceversa, transmítele el impacto positivo que su presencia produce en ti y… ¡disfruta del momento!

¿Puedes recordar alguna situación en la que sentiste cómo despertabas el deseo de otra persona? ¿Cómo cambia tu experiencia al sentirte deseado o deseada? ¿Cómo sueles mostrar tu deseo? ¿Cuánto crees que contribuye el deseo a mantener una sexualidad vital?

Andrea Bello Pastor (Psicóloga y Sexóloga)

Referencias bibliográficas.

La evolución del deseo. David M.Buss.

El laberinto sentimental. José Antonio Marina.

La mente es maravillosa: Seducir es un arte. Agosto 2017. Cristina Roda Rivera.

El arte de la seducción. Anais Nin. 2010

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