A dos metros del cariño

Llevamos casi todo el año 2020 con una pandemia y esto ha ocasionado una serie de problemas. Me refiero a problemas de todo tipo, desde los más nimios y burdos, hasta serios problemas de salud e incluso la muerte. Ésta suele ser justo la mayor preocupación de la inmensa mayoría de gente. El principal riesgo al que nos enfrentamos es el de morir. Es esta idea precisamente la que ha disparado la ansiedad en general y un sinfín de conflictos. Casi nadie quiere morir.

Digo que casi nadie quiere morir, pero parece que tampoco se está dispuesto a prescindir de una enorme lista de cosas. Se quiere mantener la salud, al tiempo que se desea potenciar la economía y que los menores se beneficien de su derecho a la educación, y para ello se les exige que acudan a los colegios de forma presencial. La lógica es que, de lo contrario, los padres y madres no podrían ir a trabajar. Nuestra sociedad aún no está lista para el teletrabajo y el “telefuncionamiento”.

Hablo por encima de cuestiones fundamentales sólo para llegar al tema en el que deseo centrarme y que es el de las necesidades afectivas ‒por no mencionar las sexuales, que ya traté en otro artículo‒. Al intentar convivir con la pandemia ‒es decir, al tratar de continuar con la vida manteniendo unas medidas profilácticas sumamente básicas, que se reducen a lavarnos las manos y llevar la mascarilla bien colocada‒, vivimos continuamente expuestos al virus. La educación que la población recibimos para protegernos, a juzgar por los datos en el actual estado de alarma por la Covid-19, demuestran ser insuficientes. El reto al que nos enfrentamos implica un salto cualitativo de conciencia.

Nos piden que no nos toquemos y que mantengamos una distancia de seguridad de metro y medio o dos metros. Contradictoriamente, la gente tiene que viajar apiñada en el metro en las horas punta y, al trabajar, se tienen que saltar bastantes medidas de seguridad, por dar algunos ejemplos, pero hay muchos más.

En cuanto a la responsabilidad individual, en mi opinión, son muy pocas las personas que están realmente preparadas para privarse de una serie de prácticas que en estos momentos no están permitidas ni son recomendables. La pandemia ‒nos guste o no‒ condiciona enormemente nuestra existencia, si de verdad queremos evitar la muerte.

No obstante, dicen que el humano es un animal de costumbres. Si nos centramos en todas esas situaciones ‒que nos muestran los telediarios o que podemos presenciar‒ en las que algunas personas, casi siempre jóvenes ‒pero no únicamente‒ han realizado imprudencias podemos darnos cuenta de lo difícil que puede ser contenerse. Se han arriesgado y han puesto en riesgo la vida de otras personas. Hay historias bastante dramáticas que se han producido por dichas imprudencias, cuyo desenlace ha sido el de la muerte de algunos de sus seres queridos. Al mismo tiempo, está claro que no han podido evitarlo.

En fin, ésta es mi introducción para explicar que en este escenario muchas personas necesitan ‒ya sea objetiva o subjetivamente‒ cercanía, contacto físico y afectivo. Si se está en pareja y en el mismo lugar esto no tiene por qué ser un problema. Sin embargo, para las personas que no viven dicha situación, la falta de contacto hace que sus necesidades afectivas pueden llegar a ser muy intensas. Que se esté en pareja no implica que se esté libre de carencias afectivas, el cual es un tema en sí mismo.

En las culturas hispanas y latinas, así como en las regiones del Sur, el contacto físico es sumamente habitual. Se trata de culturas gregarias y el ser humano se habitúa a reunirse, tocarse, abrazarse y expresar su afecto de diversas maneras, incluyendo la expresión física. Es así que, al humano le resulta sumamente difícil prescindir de oportunidades para dar cariño y recibirlo, más allá de la necesidad de reunión y cercanía.

Lamentablemente, las prioridades en estos momentos no parecen ser ni psicológicas ni emocionales. A veces, tengo la fuerte impresión de que lo que marca la agenda es el poder económico y me imagino que al poder económico se la “refinfunfla” (“le vale gorro”) que además tengamos necesidades de contacto afectivo.

Se podrían hacer tantos matices con respecto al tema de la problemática afectiva actual. ¡Cuántas veces nos podemos haber quedado con las ganas de dar un abrazo a alguien! Ya, pero entonces dejamos sin mencionar a aquellas personas que no se han podido despedir de sus seres queridos antes de morir. Aún recuerdo los aplausos de las 20 horas para agradecer al personal sanitario. Ocurrió durante la época del confinamiento, y me imagino que era también parte de una necesidad de mostrar cariño y afecto en un momento crítico.

Vivimos unos tiempos en los que las medidas de seguridad nos piden mantener una distancia de dos metros. Es curioso que sea esto lo que ilustra exactamente lo lejos que estamos de tener contacto afectivo físico. La ironía es que creo que es una época, también, en la que se producen muchas infidelidades y una buena cantidad de situaciones ilícitas de intercambio afectivo y sexual. En tiempos de conflicto emocional parece que es más fácil que el ser humano pierda el control sobre su propia persona. Ahora mismo, las oportunidades se multiplican debido a la enorme demanda.

Está claro que se puede expresar amor, afecto y cariño sin tocarnos, pero no tiene el mismo efecto. Mi prima Claudia Gro. afirma que “para que los abrazos surtan efecto, éstos han de ser largos, fuertes y apretaditos”. El problema es que en este momento con frecuencia nos quedamos con las ganas. Lo que suelo decir es que “la pandemia pasará”. Sólo entonces veremos con más claridad los estragos emocionales causados por la pandemia de la Covid-19.

Autor: Dr. Xud Zubieta Méndez

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